domingo, 27 de junio de 2010

Él

Era tarde, muy tarde. Esa noche habían pasado muchas cosas, y aun le daban vuelta en la cabeza. Parecía que tampoco iba a dormir hoy. A su lado la escucho respirar, la tapo con la sabana y le dio un beso en el hombro, también había sido un largo día para ella. Se incorporo de la cama, y se movió un poco para despertar sus músculos un poco aletargados de las horas echado sin conciliar el tan esperado sueño. Cerro la puerta con cuidado y se sentó en su ordenador a escribir.

La escena hubiese estado a la altura de Humphrey Bogart, o el Sr Vallejo en sus mejores tiempos, si no fuese porque el aspecto de Koldo, a sus 28 años, tenía poco que ver con los cánones de belleza actuales. No es que tuviera nada destacado que lo hiciera feo, si dejamos a un lado que le sobraban bastantes kilitos, si no que todo el transmitía una sensación de torpeza y desequilibrio, remarcado por unos gestos toscos heredados de su padre, un Bilbaino duro como la madre que lo parió.

Koldo se dedicaba al negocio de las verdades a medias, o eso le gustaba decir a el. Decía ser periodista pero desde que salio de la universidad solo había encontrado trabajo en una gaceta gastronómica y pasaba el tiempo puntuando Suffles mientras soñaba con ser corresponsal de guerra o intentaba pensar un final para su inacabada novela que nunca era lo suficiente buena.

Aunque quizás todo había cambiado aquella noche...








* un Bilbaino duro como la madre que lo parió: Esta frase la he extraído de uno de mis escritores favoritos, Arturo Pérez-Reverte, en su descripción del soldado Sebastian Copons, de su saga el Capitan Alatriste, un aragonés duro como la madre que lo parió.

Desde este humilde blog darle las gracias por tantas grandes batallas vividas.

También darle las gracias a Kevin, cuyos ronquidos me han servido de inspiración (a la par que molestia) al escribir esta entrada.

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